martes, 24 de noviembre de 2020





Del libro “El manuscrito de Aviñón" (año 2016)


Jean y Lorena: siglo XVII. El retorno de la Peste Bubónica

            El caballo agotado y echando espuma por la boca cayó al suelo para no levantarse más. Pero ella había conseguido su objetivo, lo había logrado, estaba a salvo a las puertas de una ostentosa ciudad, lejos de su tierra y sana, había escapado de la Peste que asolaba España y que en cuatro meses había acabado con gran parte de su ciudad natal, Sevilla.

            Esta ciudad, una de las más habitadas de Europa, se vio asolada por una epidemia en poco tiempo y tardaría muchos siglos en recuperarse. En 1649 la actividad económica de Sevilla, gracias al comercio con América, la situaba en primera fila. Pero su condición de puerto interior, con el continuo ajetreo de embarcaciones y personas, sería una trampa que llevaría a la villa a iniciar su decadencia.

            Al principio todo había parecido un mal menor. Ella, al margen de las habladurías sobre unos gitanos que habían llegado al puerto, enfermos, y que habían encontrado la muerte en Triana, seguía disfrutando del sol otoñal después de un caluroso verano y aquella lluviosa primavera que había anegado la ciudad. Era un clima inusual. Los naranjos se habían levantado hace unos días con azahar entre sus hojas, no mucho, pero algunas ramas parecían haberse equivocado de estación. La luz del sur lo iluminaba todo y en el puerto se oían los gritos de los marineros que llegaban de las Indias con su mercancía de especias, oro, plata y multitud de riquezas que llenarían las arcas del rey Felipe IV, “el Grande” o “el Rey Planeta”, como le llamaban, y financiarían sus batallas y sus crisis dejando a España en bancarrota. Lo cierto es que aquellas lluvias que inundaron la ciudad, y que al retirarse las aguas habían dejado las calles llenas de cadáveres de animales, junto con los calores veraniegos, habían convertido cualquier lugar en auténticos nidos de ratas y suciedad, y las corruptas autoridades no hacían nada para evitarlo. Tal vez ese fuese el foco de la infección de la que hablaban las gentes. Habría que tener cuidado con el agua y no frecuentar lugares muy masificados.

            Para ella todo empezó a cambiar durante un paseo por el Arenal. Llevaba varios días sin salir de su vivienda por miedo al contagio de la que parecía ser la temida Peste Bubónica, pero los víveres se habían terminado y sus padres necesitaban alimento. Ella era joven y estaba sana, se arriesgaría y lo conseguiría más rápida que algunos de los criados que empezaban a tener síntomas alarmantes.

             Había olor a podredumbre, a desolación, y el aire estaba denso por las cenizas procedentes de las hogueras que incineraban enseres, casas y habitantes: cientos de muertos, miles en poco tiempo. En muchas de las principales puertas de la ciudad se habían abierto enormes fosas donde tiraban los cuerpos sin identificar y les echaban cal viva. Niños, mayores, jóvenes, hombres, mujeres; montones de cuerpos se encontraban abandonados en las calles, para terror de los viandantes, y algunos, escondidos en las casas, intentaban ocultar a sus muertos, por poco tiempo, porque pronto enfermaban y morían y las casas eran quemadas con todos sus habitantes dentro.

            Lorena quería pensar que la enfermedad de sus padres nada tenía que ver con la Peste que asolaba la villa. Su madre llevaba mucho tiempo delicada y casi a las puertas de la muerte, al menos eso se temía, y su padre, decrépito por la edad y el cansancio de toda una vida, también se moría, pero de hambre. Los criados tenían debilidad por los días que llevaban con racionamiento de cualquier tipo de alimento, al menos eso quería creer ella. Tenía que tener cuidado. Si sospechaban lo más mínimo, las autoridades los meterían en el mismo saco y pronto un carro maldito los arrastraría hacía la inmundicia, compartiendo una tumba común donde nunca podría llorarles. Después de muchas horas logró que le vendieran un trozo de tocino viejo, queso y algo de pan duro. Compró también vino, aunque parecía vinagre y más bien le serviría para intentar ahuyentar a las ratas que todo lo invadían. El camino de vuelta a su casa se le hizo interminable, tedioso, y el olor a muerte no dejaba respirar. Tuvo que mojar un pañuelo y ponérselo sobre la boca para aislarse del fuerte hedor que lo envolvía todo y que había convertido las calles en un cementerio. También tuvo que esconderse de personas desesperadas que robaban e incluso mataban por un trozo de comida. Todo era mucho peor de lo que esperaba. Cuando logró llegar y entrar en su vivienda, llamó a gritos a los habitantes de ésta deseosa de ofrecerles los pocos víveres que había conseguido. Nada le respondieron. Su padre estaba en la misma cama que su madre, ambos con las manos entrelazadas, resultaba una estampa entrañable, pero seguían mudos. Al acercarse más a ellos vio el color gris de sus caras y sintió el frío de sus miradas. Los dos estaban muertos y los criados habían desaparecido. Era ya demasiado tarde. Lo peor era que si intentaba enterrarlos, al verla con los cadáveres, las autoridades pensarían que murieron apestados, como tantos, y posiblemente que ella también lo estaba y la detendrían. No podía pensar, las lágrimas lo tapaban todo, se sentó en el suelo sin saber qué hacer: arriesgarse con el entierro o huir. Así pasó más de un día conviviendo con sus difuntos padres, hasta que la necesidad de fugarse y el miedo se apoderaron de ella. Al anochecer, Lorena robó un caballo del establo de un vecino, uno de los pocos que se había salvado de la quema, e inició la huida de la ciudad. Fue escondiéndose en cada rincón y de cada sombra. Pero para poder escapar y que la dejaran atravesar las puertas, se hizo pasar por un enterrador camuflándose con ropa vieja, una capa y una capucha negra. Luego acompañó a un carro hasta una fosa común, amarrando el caballo al carromato, así nadie lo intentaría a robar y no se acercarían, ya que pensarían que estaba infectado. Además, ninguna persona osaba acercarse a los enterradores. Al fin y al cabo, ellos eran lo más parecido a la parca.

            Así salió de Sevilla, exhausta, con lo puesto y lo poco que pudo coger de su casa y esconder entre sus ropajes. Durante más de un mes estuvo por la península escondiéndose de la Peste que empezaba a asolarlo todo, durmiendo en caminos solitarios, comiendo lo que podía encontrar sin llamar la atención. Cuando llegó a los Pirineos, se unió a unos pastores a cambio de algunas monedas que aún le quedaban, cruzó con ellos a Francia y se dirigió hacia Marsella. Pensó que, al ser puerto de mar, tal vez, podría coger algún barco hacia las Américas. Imposible, todo estaba colapsado. De manera que se unió a una caravana de especias que se dirigían a una ciudad llamada Aviñón.          Quedaban varios días para llegar al destino cuando Lorena se separó de la caravana y emprendió el camino sola. Antes de llegar a las puertas de la ciudad, vio cómo se acercaban a ella un grupo de jinetes y puso a galope al caballo temiéndose lo peor… Y ese fue el último recuerdo antes de despertarse en una ostentosa cama de una casa de Aviñón.

            Estaba a salvo. Un comerciante le había visto caer del caballo y la había llevado a su vivienda, ofreciéndole alojamiento y cuidados durante los días que había tardado en despertar. Jean, que así se llamaba, la había encontrado desmayada en el suelo y en mal estado a las puertas de la ciudad y avisó a un médico: “tan sólo agotamiento y un leve porrazo en la cabeza al caer del caballo”- fueron las palabras del galeno-. Pero había dormido varios días atendida por la sirvienta de su protector. Al despertar, encontrándose bien, se levantó de la cama y se miró a un espejo que había en la alcoba. Estaba muy delgada, aunque en su rostro no se percibía ya el agotamiento de días anteriores. Contempló asombrada la cámara en la que se encontraba: la habitación era muy amplia y alegre, una gran chimenea se extendía a los pies de la cama y un pequeño balcón se abría a un jardín lleno de flores. A un lado de éste, sobre un mueble con varios cajones, un bonito jarrón lleno de rosas amarillas llenaba el aire de aromas. Se sentó en la cama cansada aún y se puso a rezar, dando gracias a Dios por haberla salvado de la maldición que asolaba su ciudad. No había terminado sus rezos cuando llamaron a la puerta y un hombre joven entró en la estancia, no sin pedir permiso antes.

            --Buenos días. Me llamo Jean y se encuentra usted en mi casa. La recogí en las puertas de Aviñón. La vi caer de su caballo, cuando llegué a su lado había perdido el conocimiento y la traje hasta aquí. Estamos en un pueblecito al otro lado de las murallas de la ciudad. La ha visitado el médico y dice que está bien, aunque al parecer llevaba sin comer varios días y estaba agotada. Aún no ha comido nada, solo caldos que ha tomado casi dormida, ni se ha enterado. Ahora llamo para que le traigan algo.

            --Gracias. Estoy algo confundida aún. Lo último que recuerdo es que al ver a un grupo de jinetes, asustada por lo que pudiera pasar, puse mi caballo a galope.

            --No se preocupe, es normal, cuando tome algo podremos hablar.

            -- Espere. Quiero darle las gracias. No todo el mundo ayuda a un extraño. ¿Puedo preguntarle por mi caballo?

            -- Lo siento. Cuando llegué, estaba muerto. ¿Me dice su nombre?

            --Por supuesto, me llamo Lorena y…

            --No se preocupe. Hablamos cuando esté menos confusa. Coma primero.

            Al momento le sirvieron una bandeja con varios platos de comida: un suculento caldo de pollo y verduras, un plato de guiso de carne con patatas cocidas y varias piezas de frutas. La mujer que se la trajo le explicó quién era su samaritano y la suerte que había tenido de que fuese él y no otro quien la encontrara. Lorena se tomó todo el contenido de los platos casi sin respirar. Estaba hambrienta. Al terminar, la mujer le llevó también algo de ropa nueva y avíos para que se asease. Cuando estuvo lista, entró de nuevo el dueño de la casa.

            --Vaya, veo que se ha recuperado. Ahora podemos hablar. ¿Puede decirme de dónde viene? Mientras dormía ha hablado usted algo acerca de muerte y enfermedad. Pero era en otro idioma, español, algo hablo, pero no lo suficiente como para entenderla bien. Pero usted habla muy buen francés.

            --Sí, mi abuela procedía de Francia y me enseñó el idioma. Yo vengo de España, del sur, de una ciudad portuaria, Sevilla. No se asuste si conoce las últimas sobre ésta, pues imagino que siendo comerciante estará al tanto de la enfermedad que asola mi villa. Pero yo estoy bien, se lo aseguro. Llevo varios meses desde que salí de allí y no he tenido ningún síntoma de Peste.

            --No se preocupe, sé que está bien. Sí, todos hemos oído que la Peste está haciendo grandes estragos en su tierra. Pero ¿Cómo pudo salir de allí? Y… ¿Cómo ha llegado tan lejos? Que se sepa, nadie sale de la ciudad; las puertas llevan cerradas semanas. Todas las partidas que van llegando traen esas nuevas

            --Es una larga historia. Quería llegar a Marsella y huir a las Américas, pero no me dejaron subir en ningún barco, así que me uní a una caravana que se dirigían hacia esta zona. Ha sido todo muy doloroso. Dejé allí a mis padres sin poderles dar sepelio por miedo a que me matasen pensando que estaba enferma.

            -- Tranquilícese, tendrá tiempo de contármelo. Verá, me imaginaba algo así y he pensado que puede quedarse en mi casa todo el tiempo que quiera. Aquí es bien recibida.

            --No quisiera ser un estorbo…

            --De eso nada, recupérese y ya hablaremos sobre su futuro. Ahora tengo que volver a mis quehaceres. Pida lo que necesite a la mujer que le ha traído la comida, ella se encargará de proporcionárselo.

            Así pasaron los días, Lorena se recuperó y las ganas de vivir volvieron a nacer en ella. Allí no sólo encontró un hogar donde reposar sino que se enamoró de Jean, su protector, y él de la joven sevillana. Poco tiempo después de su llegada, ambos jóvenes se casaron pasando ella a ser Lorena Rouen, mujer del anticuario y comerciante de especias de Aviñón.

            En la ciudad, como en gran parte de Europa, un nuevo movimiento reformista católico, el jansenismo, iba creciendo en la iglesia y Jean no era ajeno a éste. Las ideas de este movimiento se inmiscuían en el terreno eclesiástico y político. No negaban la necesidad de la existencia de la iglesia, pero si la capacidad de las autoridades eclesiásticas para representar la autoridad de Dios e, igualmente, incapacitaba a los monarcas a ello, por lo cual se situaban en contra del absolutismo. Jean Empezó a frecuentar diversos círculos de discusión sobre la doctrina que le produjeron muchos enemigos. Lorena se sentía temerosa de estas reuniones, ya que en otros lugares habían dado lugar a enfrentamientos violentos.  Una tarde, mientras ella se ocupaba de sus hijos en el jardín disfrutando de una bonita tarde primaveral, se oyó aproximarse a la vivienda un caballo a galope y una tea ardiendo fue arrojada por una de las ventanas de su palacete, justo en la habitación donde Jean hacía las cuentas de la tienda. El fuego lo envolvió todo. Lorena y las sirvientas lograron ponerse a salvo junto con los niños y escapar del incendio, pero Jean…no lo logró. Las llamas devoraron la estancia en la que él se encontraba.

            De nuevo el palacete y otro Rouen se enfrentaban al infortunio. De nuevo el fuego arrasaba la vida y el amor. De nuevo volverían a crecer las malas hierbas en un solar abandonado.

 


miércoles, 18 de noviembre de 2020

 



                                             “Crónica de sucesos”

La muerte ha vuelto a dar a otra mujer el descanso eterno.

La ha sacado del túnel del horror diario,

la ha llevado a la anulación de su dolor

en manos del ser que tantos besos le dio la primera noche.

 

Cuando  él la tuvo sola

 en su confortable sábana de deseo,

le hizo creer que la vida entre sus brazos era el principio y el fin.

Y fue el fin,

 pero no el ansiado por su amor.

 

La paseó antes por el miedo,

le enseñó lo que duelen los sueños ,

le mostró el camino que le conducía

hacia donde tantas mujeres, muertas en vida,

lloran la muerte de tantas mujeres

vivas en su propia muerte.

 

Y hoy

 y mañana,

desde el rincón del recuerdo

donde se almacenan las crónicas de sucesos,

alguien busca una razón que le enseñe

qué pasó aquella madrugada

donde el amor se volvió hielo,

y toda su vida se quebró

entre las manos del extraño conocido

que un día se cruzó en su camino.

domingo, 1 de noviembre de 2020





            ALBERGUE DE LAS O LAS ALTAS

 II PARTE


Y de pronto el cielo arrancó a abrirse. En las ciudades, donde hacía tiempo no se veían las estrellas ni la luna, comenzaron a vislumbrarse luceros en el horizonte nocturno; el sol fue posándose en aquellos rascacielos que no habían visto la luz sobre sus cristales desde mucho antes de que las negras nubes lo cubriesen todo. Poco a poco, aquella noche eterna y oscura llegaba a su fin. Habían sobrevivido muchos, otros se habían quedado en el camino, otros habían enfermado de por vida, la falta de luz solar les había dejado las defensas casi anuladas, convirtiéndose en enfermos crónicos de todo.

 Y mientras gran parte de la humanidad moría oculta en oscuras madrigueras, esperando una señal, la tierra fue sanando gracias a las rendijas que iban filtrando el amanecer de una nueva claridad. Hasta el día en que la misma tierra acabó con aquello que había dejado salir de sus entrañas: ese extraño humo que llenó los cielos. Sanó la tierra, se limpió el aire, los animales volvieron a correr por sus rincones y empezaron a verse los hombres. Comenzaron a salir de todos los agujeros aquellos que llevaban tiempo sin abandonar su confinamiento. Una generación había nacido creyendo que su mundo era un lugar lúgubre y su cielo el techo de cualquier cobijo.

 A nosotros, que habíamos estado metidos en un túnel, en un pozo sirviendo de futuro alimento a extraños comensales, junto con otros desgraciados, ajenos al terror que también vivía el mundo, nos llegó también la hora.

Cuando me trajeron a este lugar, no sabía dónde estaba. La tarde que llegué al albergue estaba agotada, vine huyendo de algo oscuro que amenazaba el planeta y que nadie sabía qué era. Al entrar me recibieron deseosos de darme ayuda, a mí y a los que venían conmigo. Nos dieron de comer y luego una cama en la que descansar, donde nos sumimos rápidamente en un profundo sueño. Al despertar nos encontramos en este pozo, un pozo en el cual hemos permanecido ajenos a todo desde entonces. No sé cómo llegamos a él… Y solo supe la aterradora verdad cuando encontré una nota escondida en una grieta de la pared, alguien desesperado la dejó allí. Al leerla, el miedo, el horror, la desesperación y la incertidumbre se apoderaron de todos los que nos encontrábamos en ese espacio unidos por la fatalidad. Ya no intuíamos nuestro destino…, ahora lo sabíamos. Seríamos carne fresca para nuestros captores.

viernes, 20 de marzo de 2020



                                    
DESTIERRO LUNAR
                                            



¾    Despierta, mi amor, ya estamos aquí, en nuestro destino final.

¾    ¡Qué pronto, si acabamos de salir ¡¿Me he dormido?

¾    Si, caíste en un largo sueño desde que zarpamos. Tres días has estado en los brazos de Morfeo.

¾    Lo que no acabo de entender, mamá, es por qué no hemos podido quedarnos en la tierra, todo era tan “humano” allí. Al fin y al cabo, huimos de nuestro país para salvarnos de la guerra y siempre pensamos que en otro sitio nos tratarían bien…aquí es todo tan distinto. Tendremos que ponernos para salir del campamento una escafandra y, si queremos andar y dar un paseo, usar esos trajes tan pesados que me hacen daño en las piernas. Ya sabes en el ensayo el trabajo que me costó ponérmelo y, más aún, quitármelo. Y lo peor de todo, esa temperatura.

¾    Lo sé, hijo, pero no podíamos quedarnos allí, no había sitio en el refugio, ¡somos tantos los que hemos salido huyendo! y la comida escaseaba. Además, no sé qué pasa ahora en el mundo al que llaman civilizado que nos odian tanto. Tal vez sea el color de nuestra piel, nuestras creencias, nuestras costumbres…o nuestra hambre.

¾    Pero si somos iguales a ellos, mamá. Yo creo en su mismo dios, mi piel es solo un poco más oscura, pero si me hago una herida mi sangre es del mismo color. Y las costumbres, bueno es como todo, siempre se pueden cambiar si hace falta. En cuanto al hambre, podríamos haber trabajado para ganarnos el pan. Papá siempre ha sido un buen profesor y sabe hacer de todo, tu eres enfermera y yo, yo soy un buen estudiante…

¾    Piensa en las palabras de tu padre: vamos a vivir en el lugar que dirige las corrientes marinas, que rige el día en el que paren las mujeres, en el lugar donde nacen los sueños, en el sitio donde se inspiran los poetas, el rincón donde están las mentes de los enamorados. Todas las generaciones han amado la luna, incluso muchas la han venerado.

¾    Tenemos suerte, porque nosotros “siempre estaremos en la luna…”




sábado, 25 de enero de 2020



                        "Albergue de las olas altas”







 El recorrido estaba llegando a su fin coincidiendo con el ocaso del día, el cansancio se había ido incrementando con el transcurrir de las horas, y ya era imposible que nuestros pasos nos llevasen mucho más lejos. Al pasar un cerro, vimos una larga y antigua nave oxidada y envejecida por el salitre del mar, en lo alto de su desvencijado techo, un cartel medio caído que ponía: "Albergue de las olas altas”. Aquel sitio parecía algo lúgubre y abandonado para ser un albergue, sí, más bien parecía una antigua herrería donde la fundición hubiese huido del ruido de las altas olas, como su nombre ponía. Pero para nosotros fue todo un respiro encontrar un sitio alejado de las piedras y la sucia arena de aquella inhóspita playa. Así que nos acercamos a la puerta y llamamos; nadie acudió a nuestra llamada, pero esta se abrió sola y, sin pensarlo, entramos en busca de quien nos atendiese. Pocos segundos después, apareció un hombre muy grande con una extraña pelambrera y un cuchillo en la mano que se presentó ante nosotros como uno de los encargados del albergue, pidiéndonos disculpas por no habernos abierto la puerta antes, pero estaba en la cocina preparando cena y no había escuchado nada. Fue muy amable y nos ofreció comida y cama por un módico precio. Aunque hubo algo que no nos gustó nada: la cama debíamos compartirla con muchas otras personas que, como nosotros, era lo único que habían encontrado en este siniestro lugar. Comimos una sabrosa carne con patatas asadas y un vino con un extraño sabor dulzón, picante y demasiado denso para nuestro paladar; la carne, al parecer, era de su propia granja, así que imaginamos que sería alguna especie de ave parecida al pollo, incluso había trozos que sabían a liebre. El vino también lo elaboraban allí. Una vez que acabamos, pudimos entrar en unos aseos que, en comparación con todo lo que nos rodeaba, estaban muy limpios. Luego otro hombre distinto, pequeño y con unos ojos azules y fríos, nos condujo a una larga habitación con dos filas interminables de camas paralelas donde dormían muchas personas de ambos sexos. No se oía casi nada, algunos movimientos entre las sábanas, algunos suspiros, alguna respiración entrecortada…pero lo que de verdad sorprendía era que entre esa gran cantidad de personas que estaban allí dormitando, el ruido era casi imperceptible, como si la mayoría de ellas estuviesen en un profundo y silencioso sueño. Y el olor era casi insoportable… olía a muerte. Nadie advirtió nuestra presencia ni se percató de los nuevos visitantes cuando nos metimos en la larga cama, esperando que aquel olor desapareciese y el sueño obrase milagros. Así estuvimos intentando dormir durante un rato, pero era imposible, aquel sitio, a pesar del silencio, no nos dejaba conciliar el sueño, por lo cual, un poco más descansados que cuando llegamos, decidimos seguir nuestro camino. Aunque pronto caería la noche cerrada, aún nos quedaban un par de horas de tenue luz, incluso la penumbra en un lugar desconocido sería mejor que seguir en aquel recinto que cada vez más nos producía más temor.
Cargamos nuestros bártulos, que eran pocos, y emprendimos el camino hacia la puerta. En el pequeño tramo que anduvimos hasta la salida, no encontramos a nadie. Parecía que nuestros anfitriones se habían también retirado. Sin pensar en otra cosa, nos dirigimos hacía el camino que antes habíamos traído hasta llegar al albergue. Cuando ya nos aproximábamos a la salida, unos hombres empujando unas carretillas, ataviados con ropajes grises, capas negras, roñosas y largas y mugrientas barbas se nos acercaron, nos pararon y nos preguntaron qué a dónde íbamos, la puerta estaba cerrada hasta el día siguiente. En ese momento, la señal de alerta que se nos había encendido en el interior del edificio se hizo más fuerte y el miedo se adueñó de nosotros. Les dijimos que ya habíamos descansado lo suficiente y que reemprendíamos nuestro viaje. Dijeron que lo sentían, pero tendríamos que esperar a que se abriera la puerta, si intentábamos irnos, no tendrían más remedio que impedirnos el paso, eran sus normas... No sabíamos que hacer. De pronto llegaron más, con más carretillas…y lo vimos: gatos muertos y en estado de descomposición llenaban los armatostes, era asqueroso y apestaba a carne en putrefacción…y había más: de entre los pellejos y carnes se entreveían otro tipo de animal… El horror se hizo sentir en nuestras venas dejándonos paralizados y sin poder gritar del miedo, eran hombres muertos, tan corrompidos como los gatos y aún llevaban pegados a sus cuerpos restos de ropas. Al fondo del camino, nos pareció ver a otros tipos, tan horripilantes como estos o más, arrastrando lo que parecían cadáveres humanos. La imagen era repugnante, nauseabunda, aterradora…indescriptible. Uno de los hombres que portaban aquel horrendo espectáculo le dijo al otro: ¿qué, que se te escapa la comida de mañana?
Eso éramos nosotros junto con aquellos asquerosos gatos: la comida de los días siguientes. Y…los que dormitaban en aquellas siniestras camas, serían la de mañana. Entonces ¿qué habíamos comido nosotros hoy? Si lo que nos supo a liebre eran gatos… ¿Qué era lo que nos supo a pollo? ¿Y aquel extraño y pegajoso vino…?

     Imposible escapar, nos rodearon y nos vimos envueltos en una especie de red pegajosa y maloliente, aquellas caras habían perdido todo atisbo de humanidad y en sus rostros tan solo quedaban marcas de otros seres que habían intentado huir de aquel sanguinario destino.
Ahora, escribo desde un pozo en cuyo fondo tan solo estamos los que próximamente pasaremos por el escalofriante matadero de esta extraña playa. Aquí entre las ranuras de la pared, dejo esta historia…aunque no creo que nadie la vuelva a leer, pues me temo que nadie saldrá de aquí salvo para ser manjar de siniestros y espeluznantes depredadores.




domingo, 28 de julio de 2019



Resultado de imagen de bocetos de abrazos


Habitar entre tus brazos


Hoy no puedo dejar de habitar entre tus brazos.

Será por miedo a quemarme por el sol del mediodía,

será que la luna ha dejado tu rastro sobre mi cuerpo

y no quiero borrarlo.

Hoy no quiero dejar ir tu abrazo.

Él me conduce a un mar de tranquilos pensamientos,

me reencuentra con la infancia relegada,

con las risas inocentes que vivían un presente eterno.

Añoradas por el resto de las edades y el paso del tiempo.

Lejana infancia convertida fugaz adolescencia,

 jugando sus días con la efímera juventud,

hasta llegar a hoy: cúmulo de años

que atraviesan mi cuerpo…

En ti recupero el paso de la vida.

En tus brazos alcanzo la plenitud de los días.

El paso de las horas se hace leve, discreto, pleno.

Tu cuerpo me baña con la brisa fresca del deseo,

con la suave magia del sentir sereno,

con la pasión sabia del vivir completo.

Deja que al menos hoy me refugie entre ellos

 y recargue mi corazón con tus besos.

jueves, 18 de julio de 2019



 LA CARA OCULTA

 DE LA LUNA


 
Ya estamos aquí, por fin todos reunidos, deberíamos hablar de la falta de inspiración por la que estamos atravesando todos los poetas. Desde hace más de un mes, no se escriben versos, y aquellos que lo intentan tan sólo consiguen unas líneas que van a parar a la basura.
   No sabemos qué ha ocurrido. Desde el último eclipse lunar, nuestra inspiración ha desaparecido, las musas nos han abandonado. Algunos dicen que ha sido la luna que ha rotado y está mostrándonos su cara oculta, otros que la gravedad de la tierra ha acercado demasiado el satélite y hace que las ideas se crucen convirtiéndolas en absurdas. Esto está tomando unas dimensiones preocupantes.
   ¿Qué va a ser de la tierra sin poesía? ¿Dónde van a ir los versos de los poetas? Ayer vino un sabio a hablar con algunos de nosotros, estaba alarmado: ¿y si esto empieza a pasar en más campos?, ¿y si no se escriben más novelas?,¿y si poco a poco se van marchando las ideas?... En ese caso, ¿cuánto tiempo le quedaría a la tierra?, ¿dónde irían a parar los pensamientos? ¿se quedarían en blanco las mentes nuestras? De momento tan sólo está aconteciendo en la poesía…pero, aunque no pasase de aquí este hecho…, ¿cómo vamos a vivir en un mundo sin poetas?










 LA AGONÍA DEL OLVIDO

El olvido consumiendo el paso de los días,

aprovechando  el vacío de las horas muertas.

El silencio galopando sobre los minutos

que no saben sumarse entre ellos

para transformarse en horas completas.

La espera inútil del transcurrir del tiempo

dirigiéndose inexorablemente hacia el fin de los días.

La pérdida de sueños como telón de fondo,

convirtiendo en invisible su presencia.

Dejar que el rumor de la vida con voz ausente

se lleve las esperanzas que nacieron al amanecer.

Adiós pero por etapas.


Larga agonía la del olvido.

jueves, 28 de marzo de 2019




Resultado de imagen de estrellas tatuajes


ESTRELLAS MARCHITAS


Cuando dejaron de caer

marchitas aquellas estrellas

que nos habían llevado

por la vida sin rumbo,

todo empezó a cobrar sentido.

La luz tenue que iluminaba la noche

cobró un brillo nuevo y transparente.

El cielo comenzó a lucir

como antaño lo tuvimos,

y el camino a casa

se vio despejado de piedras.

Cuando dejaron de caer

marchitas aquellas estrellas,

la vida reanudó su senda,

y los que estábamos allí

sumergidos en la penumbra eterna,

salimos airosos de aquel destino

que creíamos por siempre

Abocados a sufrir.
  
                                                                                               ( De relatos varios)

jueves, 28 de junio de 2018




A TU LADO


 ¿Qué por qué quiero sentirte a mi lado?

Para reposar mi cabeza sobre tu hombro,

mientras miro las estrellas del cielo

y te abrazo fuerte

y te escribo que te amo.

Para sostener nuestras manos

y me dejes diluirme en tu mirada,

esa que siempre me enamora.

Para hundirme en la seguridad de tu pecho

y expulsar el miedo de los días tristes
,
que nos envuelven en la vorágine de las horas rotas.

Para quererte por encima de esa realidad

que, a veces, nos atropella sin sentido.

Para amarte despacio,

hablarte pausada,

abandonarme en tus risas,

sentirte profundo,

quemarme en tu fuego,

perderme en tu boca,

encontrarme en tus besos,

 y saciarme en tus sueños.

Para pisar juntos los senderos
,
enlazar nuestros pasos,

atajar caminos pedregosos,

andar unidos el futuro,

y cuidar felices nuestro vuelo.




miércoles, 29 de noviembre de 2017

               


                                  




                                ADIÓS, ANA ,ADIÓS

            El coche del pueblo estaba llegando a la estación de Córdoba en Sevilla, la tarde era gris, como la vida de muchos de los que vivían en esta tierra. Ana agarraba fuertemente su pequeña y desgastada maleta que le había prestado su tía, una maleta que había comprado para realizar un viaje al norte, pero que con la llegada del Golpe de Estado del General Franco se había truncado y se había quedado guardada como un tesoro en un altillo del armario. La maleta y las lágrimas eran lo único que ahora tenía Ana como suyo. Los sollozos no le dejaban ver los letreros que le informaban sobre el andén al cual llegaría su tren para Madrid. Y se limpió la tristeza con la manga del vestido. Tras Madrid, París: una parada en una estación, un bocadillo en el viejo apeadero que aún se intenta recuperar de las llagas de la gran guerra y otro extraño tren; un nuevo billete, otras caras, otro asiento, un camino por recorrer, otro bocadillo ya endurecido por el paso de las horas, una cabezadita en el incómodo y raído asiento que le ha tocado, un roce sin querer y una protesta ciega y…Hamburgo. Hamburgo, la ciudad que le va a solucionar sus problemas económicos, pero a la vez la ciudad que pone espacio entre el pasado y el presente, una ciudad que renace de sus cenizas y necesita mano de obre para crecer y olvidar…
             Sólo será por poco tiempo. Ana necesita conseguir el dinero suficiente para pagar la delicada operación a la cual tiene que someterse su novio, ya que en España resulta imposible obtener esa cantidad de una manera decente. España está llena de miseria, de miedos tras unos años de posguerra que no han hecho más que ocultar furtivas lágrimas tras la pérdida de la libertad.
            Manuel lleva enfermo desde hace 4 años y necesita unos medicamentos que en este país escasean, pues tan sólo los más pudientes pueden acceder a ellos y no siempre: no es su caso y sin ellos la operación de corazón a la que debe ser sometido será imposible.  Por lo cual Ana irá a Alemania para poder salvar a su querido Manuel.
             Ana nunca ha salido de su pueblo, ni siquiera al de al lado. Su vida se ha desarrollado en el corral de su casa criando gallinas, cosiendo para la calle y atendiendo a su madre hasta que ésta murió.  Poco después conoció a Manuel.
             Manuel apareció por el lugar una mañana de abril, venía de lejos, según dijo; pero todos pensaron que huía de una anterior identidad porque llevaba tatuado en el brazo una flor roja.  Nadie le preguntó nada. Había muchos secretos escondidos entre los pétalos de muchas rosas en aquel pueblo. Así que Manuel montó un bar en el centro de la villa, un pequeño negocio para poder sobrevivir, y luego se fija en Ana.
             Ana tiene unos inmensos ojos azules que intentan descubrir la vida en todo momento: la piel, blanca; el pelo, rubio y rizado; su cuerpo, delgado, pero con formas; su carácter, dulce. Es una mujer castigada por la vida, como todos en esa España, pero con una gran fuerza para luchar. Acaba de perder a su madre y, aunque con tristeza, está estrenando un tiempo que le corresponde vivir después de haber hecho de hija y enfermera en una húmeda y triste habitación.     
            Manuel y Ana se conocen en la plaza. Ella viene del mercado y él se está fumando un pitillo viendo como cae el agua de la fuente y se ofrece, galantemente, a llevarle la compra, y ella se deja ayudar. Necesita que la mimen y él la mima. Con el tiempo, Ana encuentra entre sus brazos el cariño que se le había ocultado durante años, se enamora de Manuel y empieza a vivir por primera vez. Desde ese momento, le ayuda en el bar sirviendo las mesas; algunas veces, se mete con él en la cocina; otras, simplemente, lo contempla ensimismada desde una esquina, como un gran tesoro que es sólo suyo.
            Pero Manuel tose, llegó tosiendo al pueblo y cada día lo hace más. Había aspirado humedad entre las paredes de algún agujero donde estuvo viviendo durante un tiempo. Se cansa, parece que la vida lo está dejando y, poco a poco, tiene que dejar de atender el bar, se asfixia a cada paso y le duele el corazón. Ana, con mucho esfuerzo, consigue llevarlo a la capital a un médico utilizando los pocos ahorros que le había dejado su madre. Aquella mañana se levantan temprano, se encuentran en la plaza y cogen el autobús que les conducirá hacia sus esperanzas de cura. Durante el recorrido, pasan por varios pueblos antes de llegar a su lugar definitivo. Los pueblos se han vuelto oscuros, como las personas que los habitan o, más bien, que los van deshabitando, porque son muchos los que se han ido en busca de trabajo a Suiza, Francia o Alemania. En cualquier sitio mejor que en España. En algunas calles tan sólo se ven niños, pocos, y personas mayores sentadas en las puertas de sus viejas casas esperando que pase la vida. Los más jóvenes han huido de aquella miseria hacia un futuro incierto, cualquier cosa mejor que malvivir entre mustias paredes sin porvenir alguno.
            Cuando llegan a la parada final, Manuel se ha dormido y Ana lo despierta con suavidad y cariño como si fuera su bebé, lentamente bajan y cogen un taxi, todo un lujo que los llevara a la consulta del médico. Llegan una hora antes, por lo cual tienen que hacer tiempo en una inhóspita sala de espera, sentados en unas duras sillas de madera en compañía de otros enfermos. Hay uno, que al igual que su Manuel, no deja de toser; otro, que da miedo verlo, tiene un gran bulto sobre so ojo izquierdo y se queja de que no logran curarlo; una señora, con un niño en brazos, no para de hablar sobre lo que le cuesta conseguir una comida apropiada para aquel chiquillo que no quiere comer de nada y se le está yendo. Ante la charla,la enfermera manda guardar silencio.
            Por fin les llega el turno, un poco asustados pasan a la habitación que hace las veces de consulta y sala de curas. La sala parece sacada de algún castillo, está llena de muebles antiguos muy barrocos destilando olor a viejo. El médico le pregunta muchas cosas a Manuel, y éste le contesta escuetamente: si, no. Parece tener miedo a hablar demasiado. Cuando acaba el interrogatorio, Manuel se tumba en una camilla y el doctor lo llena de cables y le dice que se esté quieto, mientras por una máquina sale un papel con unas especies de líneas azules y rojas con formas de pirámides y carreteras onduladas. Luego, le quita los cables al paciente y se pone con cara seria a estudiar aquel gráfico. Después de un rato y con cara de hombre importante, se sitúa delante de ellos y los mira solemnemente. Manuel tiene una lesión cardiaca, pero con una operación se arreglará todo. El problema es que si no se realiza dicha operación en poco tiempo la lesión irá a más e incluso podía conducirle a la muerte, por lo cual es imprescindible la intervención. Pero hay otro problema, antes debe de tomar una medicación especial que hay que pedir a Francia y resulta muy cara, si le traen el dinero él se encargara de los trámites, pero antes tienen que pagarla para poderla solicitar. No se puede hacer otra cosa.
            A Ana se le viene el mundo abajo, ninguno de los dos tienen dinero suficiente para poder pagar aquellos medicamentos. Manuel no está en disposición de trabajar, ella no puede llevar el bar sola, además, el bar da tan sólo para seguir viviendo y mal. Pero ella no va dejar que Manuel se consuma mientras tenga dos manos y así se lo hace saber al médico. Volverán con el dinero y se operara a tiempo.
            Fue ella la que toma la resolución de irse a trabajar a Alemania. Manuel no quiere, pero tampoco lucha en contra. Quiere vivir ante todo.
            Ana tiene una amiga en Hamburgo que se ha ido allí un año antes, de criada en una “buena casa”. Ha mantenido correspondencia con ella y le dice que le busque una casa donde trabajar, o un puesto en alguna fábrica de las que hay tantas en Alemania. Ella es una buena costurera y puede trabajar muchas horas sin cansarse, aunque últimamente tiene un persistente dolor de espalda, lo atribuye a la tensión nerviosa, a la pena. Pero Ana no le da importancia, sólo quiere irse pronto para volver con el dinero necesario para los medicamentos que le salvaran la vida a su novio. Y así es, su amiga del alma no le falla y no tarda en llegar la carta de Elena con un trabajo en Hamburgo en una casa, de cocinera.
            El tiempo empieza a correr, mientras ella se funde en la rutina diaria.  El día de la marcha ha llegado raudo, casi sin darle lugar a hacerse la idea de que va comenzar otra vida.
            Manuel calla, cada vez habla menos, la tristeza ha hecho mella en él, no quiere despedirse de Ana, tiene miedo de no volverla a ver.
            Así fue como Ana llega a esa estación de tren, sola, asustada, acompañada por aquella maleta que lleva tanto tiempo ansiando ser usada y que ahora viaja en unas manos distintas de las que fue su dueña, una maleta llena de penas en busca de una salida a una muerte, una muerte que lleva ya mucho tiempo escrita en el rostro de Manuel.
            Su amiga la esta esperando en el mismo andén. Se abrazan, unas lágrimas asoman por los ojos de ambas, y Elena le coge la maleta pues ve a Ana muy cansada y abatida por las horas de viaje, por el cambio, por su extrema responsabilidad ante Manuel, por la vida misma. Entran en un bar de la estación y Elena pide dos cafés y un bocadillo, allí, tranquilamente, se sumergen en una charla sobre la vida de ambas y su futuro.
             Elena está satisfecha en aquella ciudad, ha aprendido pronto la lengua y eso le ha reportado muchas ventajas. La casa en la cual trabaja es elegante y tiene una habitación para ella sola, algo que le ocurre por primera vez en su vida. En su pueblo, en casa de sus padres, ha compartido durante años una gran sala donde dormían sus progenitores al fondo y, separados por una cortina, estaban las camas de sus hermanos y la de ella. Ella tenía suerte, pues al ser la única chica tenía cama propia; aunque cuando su abuela los visitaba tenían que dormir juntas, algo que a veces no resultaba muy agradable. Sus hermanos se acostaban tres en el mismo colchón que recogían todas las mañanas para convertir aquel dormitorio múltiple en una cocina- salón-comedor. El servicio estaba en el corral.
            Elena le dice a Ana que está contenta, a pesar de que tiene que aguantar las manías de la señora y las salidas de tono del marido. Lleva la casa y los niños, y el sueldo es bueno, sobre todo para una española, le permite enviar a sus padres todos los meses lo necesario para que ellos puedan vivir mejor, incluso ahorra algo para una futura vuelta. Ana irá a las afueras, a una zona residencial, a una casa con jardín donde hará de cocinera y de lo que le pidan para el mantenimiento del hogar. Son una buena familia y le darán un día libre a la semana, en ese día podrán quedar para verse en el centro de la ciudad.
            En la misma estación a la que había llegado unas horas antes, Ana coge un tren de cercanías que le conduce al pueblo donde va a buscar su futuro. Elena le ha dado una carta de presentación y un papel con la dirección de la casa. “Está cerca, una vez bajes, podrás ir andando, enseñas el papel con la dirección que ya te indicarán”.
            El tren recorre lentamente un camino lleno de grandes árboles que parecen querer besar el cielo. Ana observa todo aquello que resulta para ella tan singular, nada que ver con su cálida Andalucía: las casas tienen tejados rojos que hacen compañía a la naturaleza integrándose en ella, las puertas y ventanas de madera cobijan dentro las chimeneas que brindan calor al hogar y que expulsan su humo por encima de sus tejas, hay verdes campos donde pastan a placer las vacas y arriba un cielo gris que deja pasar algún leve rayo de sol. Nadie hubiera dicho que una gran guerra acababa de pasar por allí.
            Ana que es muy observadora se fija en los rostros de aquellos hombres y mujeres que la rodean: rubios, altos, ojos azules. Ella puede mezclarse entre ellos sin que nunca piensen, si no habla, claro, de su lejana procedencia. En el fondo del vagón, hay una familia entera formada por los padres y seis hijos que toma el almuerzo. En el vagón se escucha un murmullo de palabras incomprensibles para ella, suenan duras, como un susurro mandato, nada que ver con los gritos de los trenes españoles. Aquí las risas son suaves, pero las miradas parecen esquivas.
            Cuando el tren se para, reconoce el nombre de la estación escrito por su amiga en el papel, así que toma su maleta y baja al andén. Allí comienza de nuevo su futuro, su aventura fuera de casa.
            Tal como le había dicho Elena, hay un cartel señalando el lugar al cual ella se dirige. Se pone en marcha cargada con su valija, sus ilusiones y sus miedos. Es la primera vez que se encuentra lejos de su tierra, de su familia y de Manuel…
            Tras un breve recorrido, llega a la casa donde la esperan, mientras unos tenues rayos solares le dan la bienvenida. Antes de llamar a la puerta, se queda un rato observando el que va a ser su nuevo hogar. Siente miedo y tiene unas ganas tremendas de volver a coger los trenes que la lleven de vuelta a casa.  Aun así se recompone pronto y junta el valor necesario para llamar a la puerta. Abre una mujer muy rubia y aún joven, aunque algo ajada, con un niño de pecho en brazos.
            -Buenas tardes, ¿Gutten Tag? Soy Ana y me envía Elena, de España.
            -Buenas tardes, hablo algo de su lengua. Me llamo Ingrid y soy la señora, este es mi hijo pequeño, Don. Entre bitte.
            El interior de la vivienda es muy acogedor, lleno de pequeños detalles que en España ni siquiera se conocen. España es austera y fría y sobre sus repisas duermen aún flamencas y toreros. Aquello es distinto: es un hogar.
             Los primeros meses pasan rápidos. Ana se esfuerza por dar lo mejor de ella y descansa poco, pero lo hace con la esperanza de salvar a su Manuel y no le cuesta trabajo. Cuando termina todas las labores del hogar, cose para algunas amigas de su señora y así se gana un pequeño sobresueldo. Empieza poco a poca a cogerle cariño a aquella tierra y a conocer el idioma, lo que le ayuda a integrarse rápidamente, no lo escribe, pero lo entiende bien y sabe leer más o menos los letreros  . No echa en falta España, allí hay mucha escasez y miserias. Pero añora a Manuel, sabe de él por dos cartas que le han llegado recientemente, aquellas misivas le dicen que la salud de Manuel empeora: “si sigue así no habría nada que hacer, la tos no para ni de día ni de noche y últimamente lo está visitando la fiebre demasiado a menudo”. Ana envía, religiosamente, gran parte de su dinero a España para que pueda comprar las medicinas tan caras y necesarias. Pero no existen medicinas milagrosas, y la salud de Manuel no mejora y se apaga minuto a minuto. Ana no puede volver, hace falta el dinero para los medicamentos. Tal vez, aún es demasiado pronto para que hagan efecto o, quizá, ya no volverá a ver a Manuel.
            Mientras tanto, la vida se Ana se hace más fácil. Una vez adaptada, tiene su círculo de amigas y salen los fines de semana: van al cine -en España tan sólo había ido una vez-, al parque o se reúnen en alguna casa donde charlar tranquilamente de su tierra y sus gentes. Ella se ha encariñado con la familia con la que trabaja y se siente bien. Haciendo uso de su tiempo libre, Ana se presenta a una entrevista en una fábrica de confección; aunque no piensa dejar la casa en la que trabaja, espera coger un turno de tarde y arreglar el horario con su señora. Todas las noches se dice lo mismo pensando en la España que dejó atrás: en Alemania la vida es más placentera, se pasa menos hambre y también se encuentra más libre.
            Una maña fría de invierno, al levantarse de la cama, siente que algo se le quiebra en la espalda y no puede ponerse en pié, llama a su señora y ésta al médico. Cuando el médico la reconoce la envía al hospital donde, tras una gran batería de pruebas, tiene que someterse a una pequeña operación de columna, pues tiene una desviación corregible con una fácil intervención. En el hospital, tendrá que guardar reposo durante un mes: sin familia, sin Manuel y en tierra extraña. Tras su paso por quirófano, se pasa las tardes llorando y echando de menos su pueblo. Su señora va a visitarla algún día y su amiga Elena se llega siempre al finalizar su jornada, pero los días son interminables y empieza a sentirse un poco depresiva…
            El cartero llega siempre tarde cuando nieva. A veces, pasan semanas sin recibir correspondencia: Ana lleva tiempo sin tener noticias de España.
             Esa mañana hace frío y la nieve empieza a derretirse en las aceras. El hielo no deja aún recorrer fácilmente los caminos, pero las cartas están empezando a llegar por fin a su destino. Las gentes, ocultas tras los visillos de las ventanas, esperan   la llegada de noticias que ponen a los ciudadanos de aquel pueblo en contacto con la civilización en los duros días de invierno. Hace tiempo que no se recibe correspondencia, pero  por fin llega. Entre los mensajes varios, el funcionario de correos deja en el buzón una carta con remite de España.
            Ana en su cama de hospital tiene un presentimiento: “hoy llegaran noticias”… y llegan. Cuando su señora llama a la puerta de la habitación, siente un gran escalofrío, seguro que trae algo para ella.  Ingrid le entrega una carta de España con el matasellos de hace quince días y a Ana le da miedo abrirla. La última noticia de Manuel decía que éste se encontraba mal, que
 no podía levantarse de la cama y que no enviase más dinero para medicinas, que ya, desgraciadamente, no hacía falta.  Cuando se va la visita, se sienta en una silla de la pequeña habitación hospitalaria y se queda mirando el sobre: está sucio y arrugado, el color blanco está amarilleando y la letra con su nombre es torpe, como de un niño chico o una persona que casi no sabe escribir, hay tantas así en la España de la posguerra que es difícil saber quien la habrá escrito, y sin remite. De nuevo llaman a la puerta y deja la carta descansar sobre la mesita en espera de abrirla más tarde. Son los niños que vuelven del colegio y los ha traído la niñera a verla. Las risas infantiles le hacen salir de su incipiente ataque de pánico, charla con ellos un rato, le dicen que la echan de menos y están deseando que vuelva para que les haga uno de esos bizcochos tan ricos. Por fin recogen sus mochilas y se despiden de ella.
            Este día las risas de los niños no han logrado animarla. Ahora vuelve a estar sola en su cuarto, pero deja la carta sobre la mesa sin abrirla. Esperará un poco, pronto le traerán la comida y quiere estar tranquila cuando la lea. Cuando termina de comer y le recogen la bandeja, la soledad recuperada le hace enfrentarse con la misiva. Se sienta en la cama y se dispone a abrir el sobre. Un folio se muestra ante ella y, al final de éste, la firma de una prima segunda con la que tiene alguna confianza, pero se ve que la letra no es suya, seguramente es del cura, que es el que mejor sabe escribir del pueblo y le gusta estar enterado de todo.
Querida prima:
            Espero que a la presente estés bien. Aquí la familia bien, gracias a Dios. Mi padre sigue con sus achaques, pero no quiere ir al médico porque dice que los médicos no tienen ni idea. Manoli se casó la semana pasada. Después de la boda, la pareja se ha ido a trabajar a Sevilla a una casa que dicen es muy buena y muy católica y que, a saber, los miércoles dan misa en el salón. Yo, bien, aquí sigo con mis niños y mí José. Te escribo para darte una mala noticia: el jueves pasado Manuel se puso peor y lo llevaron al hospital y allí dijeron que no se podía hacer nada por él, pero que lo dejaban allí pues estaba mejor atendido. El viernes por la tarde llamaron a Don Basilio, el cura, para decirle que se había muerto y que quién se iba a hacer cargo del entierro. Así que, como Manuel tenía en su casa un sobre con el último dinero que tu le habías mandado, pensamos que se podía pagar el entierro con él y no tendría que enterrarse en una fosa común. La tumba quedó preciosa y Don Basilio dijo unas palabras muy bonitas en las cuales se te nombró a ti y, además, pusimos tu nombre en la lápida: “Ana no te olvida” y la fecha. Te envío uno de los recordatorios que hicimos con el dinero que sobró del entierro, seguro que te gustará tenerlo.
Sin más, se despide tu prima.  Te envío recuerdos de todos.
            Las lágrimas de Ana empezaron a caer por sus mejillas y sus azules ojos se nublaron adquiriendo un color cristalino. Ahora ¿qué? Tanto abandono, tanto cambio, tanto sacrificio y ni siquiera había muerto a su lado, sino en los brazos de algún extraño. Se acabó. Con su muerte se han acabado sus ilusiones y sus inquietudes. Entonces Ana se siente sola, sola en aquel país extraño, sola en la vida, sola en aquel hospital que no habla su lengua. Pero ¿qué hacer? Ya ni siquiera puede correr para llegar a verlo muerto, ya está enterrado. ¡Maldito clima alemán! ¡Maldita España! ¡Maldita la vida que la ha llevado lejos de su tierra! … Aquella tarde Ana la dedica al duelo, llora todo lo que queda de día, no cena nada y se queda dormida a última hora de la noche sobre una almohada bañada en lágrimas. Los días siguientes hasta acabar su estancia en el hospital son tristes, pero no cuenta a nadie su pena, tan sólo dice que tiene jaquecas y le molestan las charlas, por eso no quiere visitas. Por fin le dan el alta, no llama a ninguna persona para que vaya a recogerla, guarda sus cosas en una bolsa de basura y se dirige en taxi a su casa donde es recibida con alegría y mimos por parte de su familia alemana.
            Tras la primera jornada fuera del hospital, se dirige a una iglesia católica y reza por Manuel. Luego se plantea su regreso a España. ¿Para qué? ¿Para pasar hambre? ¿Para no poder hablar? Se quedará en Alemania, trabajará y conseguirá ahorros para volver después de un tiempo, cuando las cosas en el país pinten mejor.
            Los días siguientes pasan de forma lenta, a veces, sus piernas parecen no quererse separar del suelo, la pena pesa. Pero, poco a poco, el llanto del atardecer se va convirtiendo en pequeñas sonrisas que, sin darse cuenta, van dando paso a auténticas risas y carcajadas. La tristeza se va diluyendo en la distancia y Ana empieza a salir por las tardes con otras españolas que viven cerca de allí. No tiene sentido encerrarse entre cuatro paredes, la vida continúa y le guste o no forma parte de ella. Ni siquiera usa ya luto, el luto la pone triste y se ve tan fea envuelta entre ropajes negros que le da la impresión de estar dentro de una tumba abierta.
             En la ciudad han abierto un centro donde se reúnen españoles y otros emigrantes, dan guateques y hablan de su posible vuelta a España.  Ana empieza a integrarse en aquel círculo, formando parte de aquel mundo de morriña, y aquellas reuniones le ayudan a dejar atrás los días de quebranto. Ahora Alemania se ha convertido en su patria de acogida, le ha lanzado una mano al viento y ha recogido sus aflicciones. Esta nueva Alemania que se abre ante los sorprendidos ojos del mundo que la ha vencido.
            Alemania tras la 2ª Guerra Mundial, cercana a  la época en la que Ana se establece allí, vive una gran recuperación de su economía “El milagro alemán” como lo ha llamado la historia. Tras la guerra, las ciudades alemanas habían quedado devastadas y comienzan una gran labor de reconstrucción y estabilización, tanto de la población como de su economía. Hacen falta muchas viviendas, hospitales, empresas y, sobre todo, mano de obra para poder emprender un nuevo camino y ayudar a la gran masa de refugiados y niños sin hogar que deambulan por sus calles. Allí está Ana, entre la población que lucha y consigue remontar su vida. Este país que la ha acogido se recupera, avanza, y ella forma parte de esa gran masa humana sin nombre que lucha para sacar un país adelante y para sobrevivir. Allí está Ana, entre todas aquellas manos que batallan día a día para salir adelante, entre las miles y miles de manos emigrantes que llegan en busca de una existencia mejor en un país en reconstrucción.
            Ana ha decidido comenzar una nueva vida fuera de su gente, lo ha meditado mucho y en noches de insomnio y miedo aún piensa en su vuelta.  Muerta su madre, muerto Manuel, su vida carece de sentido en su pueblo, ya no le ata nada a su antigua casa. La familia que allí posee mantiene escasas relaciones con ella. Su tía Lola, su primo Juan… Volver a España es una locura. Alemania le ofrece una vida distinta. Alemania está creciendo, mientras España se ve sumida en la represión y la miseria…Pasado un tiempo, durante el cual toma una de las decisiones más importante de su vida, le escribe una carta a su prima para darle las gracias por lo que había hecho por Manuel y comunicarle su decisión de quedarse en Alemania.
            Querida prima:


            Lo primero darte las gracias por todo lo que has hecho por Manuel. El día que recibí la carta se me rompió el corazón y han tenido que pasar varias semanas antes de poder coger un bolígrafo y contestarte. He pasado un tiempo en el hospital, ¿te acuerdas de aquel dolor de espalda que a veces te decía que tenía? Pues resultó ser una desviación y me tuvieron que operar, pero de eso hace ya más de un mes y, gracias a Dios, parece que me he quedado bien; aunque cuando coso siento un resquemor y me tengo que levantar muy a menudo para estirarme. Claro, no lo sabes porque no te he escrito hace mucho tiempo, pero desde hace días trabajo en media jornada nocturna en una fábrica de confección de vestidos de señoras, la han abierto aquí en una zona industrial muy cerca de donde yo vivo y mi señora no me ha puesto reparos para que, después de mi trabajo en la casa, vaya allí. Eso sí, acabo cansada y duermo poco, pero merece la pena ya que pagan bien. Perdona por mi tardanza, pero también quería estar segura de la decisión que iba a tomar sobre quedarme aquí o no.     Ahora ya sé lo que voy a hacer: me quedo en Alemania, no tiene sentido volver allí. Aquí se vive bien, tenemos bastante comida y la gente tiene muchas ganas de prosperar, además, no se está asfixiada como en España que hay que estar midiendo todas las palabras y, ya sabes, que mi lengua no se calla ante nada y eso algún día  allí me puede traer problemas. Me he integrado en un grupo formado por emigrantes españoles e italianos, organizamos comidas, charlamos y recordamos nuestras patrias, pero todos dicen lo mismo: “no se está en ningún sitio como aquí”. Mi señora es muy buena y los niños alemanes no dan tanto trabajo como los españoles, son mucho más tranquilos y obedientes; ahora, con la confección, tal como te he contado, me saco un dinero extra. Aquí la gente empieza a ir muy a la moda, pero no hay muchas modistas como en España que vayan a coser a las casas, por lo cual, algunos fines de semana me llego a domicilios de señoras alemanas y les hago arreglos. Como supondrás, estoy ahorrando y eso me da mucha tranquilidad. La vivienda de mi madre podéis utilizarla mientras regreso, la vuestra la dejó muy machacada la guerra, y es hora de que viváis un poco mejor. No tenéis que pagarme renta, pero sí conservarla en buen estado para el día en que yo vuelva, que, de momento, creo que voy a tardar un poco.